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En un mundo sin dioses, nuestra experiencia de vida parece estar más empobrecida que nunca

Y embriagado por mi locura le grité furioso: «¡Vida hermosa! ¡Vida hermosa!!»

Baudelaire

Uno de los temas recurrentes de Las bodas de Cadmo y Harmonía, el libro que Roberto Calasso publicó en 1988, es la retirada de los dioses del mundo. Para nosotros, occidentales y modernos, lo más probable es que esto no parezca significativo, pero si es así es sólo por el autismo racionalista en que nos hemos formado culturalmente durante al menos los últimos 3 siglos.

Hubo un tiempo, sin embargo, en que la experiencia de realidad estaba mediada, necesariamente, por la presencia y la influencia de los dioses. En Las bodas de Cadmo y Harmonía, Calasso da cuenta de esa necesidad entre los griegos, pero el resto de su obra puede leerse a la luz de esta búsqueda en otros territorios. En la India de los Vedas, en la literatura de Kafka, en los Scherzi de Tiepolo, Calasso ha seguido la huella de los dioses para dar testimonio de su persistencia –pues aun cuando se les pretende expulsar de nuestra relación con el mundo, los dioses siguen ahí.

Desde nuestro racionalismo escéptico podríamos responder que la vida puede vivirse sin creer que está acompañada de una o más potencias que la trascienden e influyen en ella. Vivir, para nosotros, tiene un aura de autosuficiencia en donde parece no haber lugar para nada fuera de lo que consideramos nuestra propia vida, nuestras elecciones, los hechos mismos del vivir. Triunfamos, por ejemplo, y creemos que dicho triunfo no es más que consecuencia de nuestro propio esfuerzo. O lo contrario: sufrimos un revés y puede ser que lo achaquemos a una falta de pericia o, en el recurso más metafísico del que somos capaces, a un golpe de mala suerte.

En el mundo griego, sin embargo, llegó el momento en que la existencia humana fue indisociable de la presencia divina. Escribe Calasso:

Si tuviéramos que definir, por un viejo hábito, lo que ha sido el dios para los griegos, podríamos decir, utilizando el rasero de Occam: todo lo que nos aleja de la sensación media de vivir. “Junto a un dios siempre se llora y se ríe”, leemos en Áyax. La vida como pura continuidad vegetativa, mirada opaca que se posa sobre el mundo, seguridad de ser uno mismo, aunque no se sepa lo que se es: todo esto no necesita al dios. Aquí interviene el espontáneo ateísmo del homme natural.

Pero cuando algo indefinido y poderoso sacude la mente y las fibras, hace temblar la jaula de los huesos, cuando la misma persona, un instante antes torpe y agnóstica, se siente alterada por la risa y por la locura homicida o por el delirio amoroso o por la alucinación de la forma, o se descubre invadida por el llanto, entonces el griego reconoce que no está solo. Hay alguien a su lado, y es un dios. Ahora la persona ya no tiene aquella tranquila nitidez que percibía en los estados mediocres de la existencia, sino que esa nitidez ha emigrado al compañero divino: brillante y dibujado en el cielo es el dios, nebuloso y confuso es el que lo ha evocado.

La exaltación de la vida: ahí estaba para los griegos el fundamento de su convicción. De la valentía a la tragedia, del amor a la furia, todos los puntos extremos que podemos encontrar en la geometría de la existencia estaban determinados, en el mundo griego, por la intervención de un dios.

Y esto no es únicamente una curiosidad filológica y literaria. El destierro de los dioses en la modernidad implicó el empobrecimiento de nuestra experiencia de vida, efecto que podría estar alcanzando su culmen en nuestra época. Qué son, si no “estados mediocres de la existencia”, esas constantes en que tantas personas viven actualmente: fatiga crónica, indiferencia, distracción, ansiedad. El capitalismo contemporáneo ha impuesto estos “dioses” no para exaltar la vida, sino para disminuirla y mantener a los sujetos en la docilidad adormilada que le es conveniente.

Hacia el final, cuando Calasso narra el episodio mítico que da nombre a su libro, glosa la última ocasión en que dioses y hombres convivieron en un banquete: las nupcias entre el fenicio Cadmo y Harmonía, la hija de los amores ilícitos entre Afrodita y Ares. Una boda que a la postre resultó funesta, en especial para la descendencia de los esposos. “¿Pero qué importa la eternidad de la condena a quien probó en un segundo lo infinito del goce?”, como escribió Baudelaire. En un sentido afín, nos dice Calasso:

Invitar a los dioses arruina las relaciones con ellos, pero pone en marcha la historia. Una vida en la que los dioses no son invitados no vale la pena ser vivida. Será más tranquila, pero sin historia.

¿Quién ahora se deja sorprender y tomar por emociones extraordinarias? ¿Quién, inundado de heroísmo, incluso sin saber bien a bien de dónde procede éste, decide escucharlo y emprender acciones heroicas? ¿Quién permite que el enojo lo domine y lo lleve a defender lo que cree que le es propio? ¿Quién se aventura a lo desconocido? ¿Quién se deja vencer por el llanto incontenible? ¿Quién acepta la alegría que sobreviene inesperadamente, fugaz, sin intentar entenderla y mucho menos retenerla? Nada de eso. La vida se ha convertido para muchos en una mansa medianía en donde todo lo que ocurre, ocurre sin sobresaltos, bajo control, sin variaciones de ningún tipo.

Una vida que, si parece sin riesgo, es sólo porque nos afanamos por ignorar el auténtico peligro de vivir así: que esa termine como una vida sin historia. 

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Del mismo autor en Pijama Surf: Deja de ser quien crees que eres para vivir todas las posibilidades de tu existencia (la última lección de Sócrates en 'El banquete')

Imagen principal: Hylas and the Nymphs, John William Waterhouse (1896)

La generosidad es una de las perfecciones que constituyen a un ser humano iluminado o bodhisattva; esta la forma más sabia de practicarla

En todas las tradiciones religiosas, la generosidad juega un papel de primera importancia. En el cristianismo, la virtud principal teológica es la caridad, un término que significa sobre todo amor (agape) a Dios y a los demás como si fueran uno, y que hoy en día tiene la connotación de las donaciones u obsequios que hacemos a los demás por compasión. En las religiones de la India, la generosidad es tenida con especial estima, particularmente porque en todas ellas se tiene en cuenta el karma y la generosidad es una forma de erradicar el karma negativo, una forma de virtud purificadora, casi una tecnología de la liberación.

En sánscrito el término dana significa tanto el regalo o donación que se hace como también la virtud de la generosidad. Dana es, de hecho, la primera de las seis perfecciones (paramitas) o cualidades esenciales de un bodhisattva dentro del budismo mahayana, y como tal debe practicarse en el camino hacia la budeidad. Las enseñanzas del Buda Shakyamuni (Gautama) pueden resumirse en el entendimiento de que las acciones virtuosas producen resultados virtuosos o, en otras palabras, la compasión produce felicidad. Es por ello que en el mahayana la mente búdica, llamada bodhicitta, es a veces utilizada como sinónimo de la compasión. Podemos decir que la generosidad es la forma activa de la compasión.

Desde los tiempos del Canon Pali, se dice en el budismo que existen tres formas esenciales de practicar la generosidad: dando cosas materiales, dando protección amorosa (lo cual puede ser material o inmaterial) y la forma superior, que es brindando sabiduría o dharma. Esto lo podemos comparar con la parabola de Jesús en la que se habla sobre la superioridad de enseñar a pescar sobre dar unos pescados. En este caso la sabiduría que se brinda está ligada fundamentalmente al conocimiento de aquello que permite liberarse del sufrimiento de manera sostenida, por lo cual los regalos materiales son los menos valiosos. Desde la perspectiva del que da, se habla de que es siempre mejor cuando un regalo es dado en persona y que lo que se da sea preparado, creado o conseguido por la misma persona, ya que esto genera más mérito. Y, por supuesto, lo esencial es que la intención del regalo no sea egoísta (en la intención está el karma). Aquí existe un tema fino, pues se puede caer en el hábito de dar muchos regalos y demás con la motivación principal de acumular mérito, sabiendo que dar produce beneficios personales. Al hacer esto, aunque se puede acumular karma positivo se crea un obstáculo para la iluminación, ya que se genera apego a ese mismo acto de dar y se reifica la generosidad. Es por ello que la forma suprema de practicar la generosidad es el desapego, el cual nace de la sabiduría. La sexta y última de las perfecciones es la sabiduría, y sin ella se puede aumentar el bienestar y acumular mérito en general pero no se podrá alcanzar el estado libre de la mente de un Buda.

La práctica de la generosidad no sólo tiene como motivación la erradicación del karma, sino sobre todo el debilitamiento de los venenos mentales (kleshas) u oscurecimientos que impiden ver la realidad tal como es y residir en el estado natural, que para el mahayana, y con más énfasis aún en el vajrayana, es la mente búdica. Al dar vamos destruyendo la ambición, el odio pero, sobre todo, la ilusión de que somos personas sólidas y separadas e incluso que los objetos tienen una realidad independiente. La práctica de la compasión conlleva naturalmente la vacuidad; la vacuidad es para el mahayana el sello de la sabiduría. Se habla de vacuidad en el sentido de que todas las cosas dependen una de la otra y no tienen una existencia inherente independiente; son siempre relativas. Así, es en este relacionarnos --la relación básica es dar-- que entendemos la realidad y entramos en consonancia con ella. 

El Buda enseñó que la forma perfecta de la generosidad es el desapego, el no agarrarse de las cosas y los conceptos. Este es el sendero de la libertad. De otra forma el dar como prerrogativa genera deseos y el deseo es la raíz del sufrimiento, debido a que el mundo es impermanente. Si damos a alguien algo porque queremos que nos quiera, si damos algo porque queremos querernos (queremos, en nuestra mente, ser dignos de nuestro propio amor) o si damos algo a alguien porque sabemos que esto es bueno y queremos liberarnos del sufrimiento, incluso en esto, estaremos generando apego y estaremos yendo en la dirección contraria de descubrir la ausencia de existencia inherente de nuestro ego. Paradójicamente, la motivación más alta para dar y en general para cualquier acto es la no motivación, la pura espontaneidad de la mente libre y sin apego. El budismo mahayana sostiene que la naturaleza humana es esencialmente buena, sabia y compasiva (una inocencia original, a diferencia de un pecado original), así que cuando se eliminan los obstáculos que impiden que reluzca esta naturaleza, la generosidad brota sin necesidad de hacer un esfuerzo (esto es entendido de la misma manera en el taoísmo con la noción de wu wei). En otras palabras, si uno práctica el desapego en todo momento, lo cual significa no aferrarse a las cosas condicionadas y no formar avidez o aversión ante objetos, personas o sensaciones (lo cual no significa abandonarse a la marea y dejar de insistir en lo que nos parece sinceramente importante), estará practicando naturalmente la generosidad, no tendrá que buscar oportunidades y pasar el tiempo pensando qué regalar; los regalos serán puros, y el universo entero, finalmente, será lo que uno da, como esos mandalas que se ofrecen a los maestros y a las deidades que simbolizan la totalidad.