*

X

Este alemán tiene hoy una de las propuestas más interesantes de música electrónica, ¿lo conoces?

Buena Vida

Por: pijamasurf - 10/06/2016

En las últimas dos décadas Jan Jelinek se ha distinguido por imprimir una fina versatilidad a la escena mundial de la electrónica

En la actualidad la escena electrónica está repleta de propuestas, estilos, subestilos y demás. Esto se debe a las facilidades que ha brindado la tecnología para crear música electrónica y también a una cierta condición aspiracional que impone, sobretodo entre los jóvenes, la posibilidad de ser “músicos” o DJs.

Como resultado del anterior fenómeno la escena se ha enriquecido con incontables exponentes, pero también pareciera que, paradójicamente, se trata más que nunca de esfuerzo y suerte el poder discernir o detectar aquellas propuestas que realmente aportan al panorama. Por fortuna existen músicos (en toda la extensión de la palabra) como Jan Jelinek.

Desde su primer álbum firmado como tal, Loop-Finding-Jazz-Records (2001), este músico y productor alemán ha mantenido una constante y bastante activa exploración musical, lo cual le ha llevado a crear identidades paralelas para firmar propuestas diversas, así como asociarse a actos colectivos, por ejemplo el brillante trío de post-jazz australiano, Triosk.

Otra de las facetas más estimulantes de Jelinek es la que ha cultivado de la mano del japonés Masayoshi Fujita, con quien ha creado una intrigante simbiosis de sensaciones sonoras. De hecho, este dúo forma parte del lineup de la 13ra edición del Festival Internacional de Creatividad Digital Mutek.MX. Y si bien el menú será, como suele con este evento, bastante seductor, sin duda el acto de Masayoshi y Jelinek está entre lo más destacado.

Más info sobre Mutek.MX 2016 aquí  

 

Escribir 750 palabras todas las mañanas: el hábito que podría transformar tu vida

Buena Vida

Por: pijamasurf - 10/06/2016

Una práctica sencilla con muchos beneficios, algunos para tu psique, otros para tu desarrollo, e incluso otros más para tu salud

Ahora y desde hace algún tiempo (¿pero cómo decir cuánto?) la escritura se considera un ejercicio reservado a unos cuantos. Si bien es posible que esté más presente y extendida que nunca en la historia, su uso es más bien instrumental o utilitario. Escribimos un mensaje de texto, quizá una actualización en Facebook, un tweet, un recado, pero poco más que eso. Leemos lo que alguien más escribe (como ahora), ¿pero alguna vez nos detenemos a pensar que también cualquiera de nosotros podría escribir así? No con cierto estilo, sino escribir porque sí, escribir sin una utilidad manifiesta, escribir únicamente porque hace bien y es satisfactorio.

En los últimos meses han circulado reseñas sobre una práctica que al parecer es común entre personas de muy distintos ámbitos: actores, empresarios, periodistas y otros. Oliver Burkeman, por ejemplo, columnista en The Guardian y a quien hemos citado en Pijama Surf, también ha hablado al respecto.

El hábito es sencillo: poco después de despertar por la mañana, tomar lápiz y papel y escribir hasta completar cerca de tres páginas, lo cual equivale más o menos a 750 palabras, mismas que se completan en un promedio de media hora. Escribir lo primero que venga a la mente. Escribir sin censura. Escribir sin pensar que alguien más va a leer el resultado final. Escribir y ya.

¿Por qué algo tan simple puede tener tanta importancia? La respuesta puede ser variada. Podríamos decir que, cómo otros hábitos, este enseña también el valor de la disciplina y la constancia.

Sin embargo, si sólo fuera esto, no sería distinto de correr o de realizar una actividad de entretenimiento (hay quien teje o quien construye cosas en su tiempo libre).

La diferencia con la escritura, de acuerdo con quienes hacen esto que se ha dado en llamar “Páginas matutinas” ("Morning Pages") es que, de inicio, escribir conlleva la cualidad de la conexión. Como han descubierto muchos escritores en la historia de la literatura, paradójicamente escribir sin rumbo definido casi siempre conduce a algún lugar. Podemos comenzar con un recuerdo, con el sueño que tuvimos la noche que recién terminó, con una idea que quisiéramos desarrollar e incluso con algún pendiente del día. Si continuamos sin reservas, movidos únicamente por el impulso de escribir, con toda seguridad terminaremos en un punto que aunque no imaginábamos, de algún modo ya conocíamos.

Por otro lado, escribir de la nada, llenar una página en blanco con lo primero que se nos ocurra, también nos enseña al menos dos cosas: una, nuestros propios límites. ¿Qué podemos decir? ¿De qué manera lo hacemos? ¿Con cuánta dificultad? En segundo lugar, también nos hace escuchar a nuestro crítico interior. Todos tenemos esa voz que nos señala nuestros errores, a veces con severidad excesiva. Conocer a ese juez pequeño pero terrible también es importante para nuestro desarrollo personal, pues no pocas veces es el orquestador del autosabotaje en que incurrimos.

Finalmente, y aunque no es menor, la escritura también tiene efectos positivos en aspectos específicos de nuestra salud física y mental, pues puede contribuir a reducir las nocivas consecuencias del estrés y mejorar la memoria, por ejemplo.

Autoconocimiento, honestidad, claridad e incluso un poco de buena salud. Parece un buen intercambio, ¿no crees?