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La vida de Philip K. Dick convertida en un extraño videojuego (VIDEO)

Arte

Por: pijamasurf - 11/30/2015

"Californium" es un nuevo videojuego que te lleva a experimentar la vida de Philip K. Dick

La vida del escritor con la imaginación más potente y a la vez más perturbada del siglo XX se convertirá en el tema de un nuevo y extraño videojuego. Un equipo de desarrolladores ha creado Californium, una exploración en primera persona, ambientada en Berkeley en 1967, en la que el usuario se enfrenta a una situación emblemáticamente dickeana: su esposa lo ha dejado, su editor corta su trabajo y todo se desmorona, cuando se percibe una extraña señal llamada "Theta" que parece guiar a otra realidad, quizás una forma de descubrir que todo es un simulacro (y es que Dick es el gran precursor de la Matrix).

El videojuego promete introducirnos al cerebro y a la inquietante forma de percibir el mundo de Dick, un hombre asediado por una paranoia divina. Los creadores han buscado mantener la estética y la sensación distópica que se transmite en historias como Minority ReportBlade Runner o A Scanner Darkly, entre otros proyectos cinematográficos nacidos de la cabeza del escritor. Además el videojuego mezcla tramas de diversas novelas de Philip K. Dick. El tráiler comunica esto de manera notable.

Por cuestiones de derechos de autor no se puede utilizar el nombre de Dick --el protagonista es Elvin Green-- pero así el juego es más ominoso, ubicuamente aludiéndolo sin mencionarlo, como ocurre con el tiempo en el cuento de Borges "El jardín de senderos que se bifurcan".

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Volver al presente: sobre la cinta Amor (Gaspar Noé, 2015)

Arte

Por: Psicanzuelo - 11/30/2015

La película es eficaz para reflexionar filosóficamente sobre la manera de vivir del adulto contemporáneo, que más parece un eterno adolescente que cualquier otra cosa. Asumiendo una postura crítica, por medio de una estética nítida y constante, nos lleva a preguntarnos adecuadamente ¿qué es eso que llamamos “amor”? ¿Es algo que secreta nuestra mente?

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La manera como suenan los diálogos de las escenas que conforman este drama no es a lo que estamos acostumbrados en producciones que cuidan las frases pensadas por el guionista, respetando el texto contra la emoción, buscando en los actores al ser dirigidos las inflexiones precisas. Gaspar Noé, que no descubre (ni siquiera intenta hacerlo) el hilo negro, cuando antes sí lo había hecho, resultando un tanto ridículo (Irreversible, Solo contra todos), prefiere las emociones de los personajes encima de la lógica o verosimilitud de la resonancia del texto. Amor en una primera instancia parece tratarse del amor en pareja, lo que sea que esto pudiera ser, para en realidad elaborar una reflexión del tiempo. Las elipsis se anteponen a todo, perfectamente orquestadas, siguiendo el acomodo de los personajes en el cuadro por medio de un hábil montaje, conectando entre sí escenas que pertenecen a diversos tiempos, cuando más bien son parte del recuerdo vuelto a vivir. Sensaciones en espacios mentales, que también se vuelven corporales, la sensualidad del recuerdo, de ir y venir con el devenir.

La cinta inicia con Murphy (Karl Glusman), que despierta crudo de droga junto a su mujer, Omi (Klara Kristin); la voz en off comienza a saturar la banda sonora y nos va acostumbrando porque no nos va dejar en paz a lo largo de la cinta, es una especie de meditación. La voz de Murphy como narrador de un documental de quién se embaraza y quién no o una reflexión de detective de cine negro, preguntándose por todo lo que hizo o dejó de hacer en terrenos sexuales/emocionales; ir y venir, volver a ir al pasado. Un pasado que es mucho más presente que el presente, es el fantasma del amor lo que acecha en todo momento, lo que nos quiere poseer; un futuro inexistente o su posibilidad únicamente cierta para nosotros por medio de nuestra imaginación.

Nos vamos enterando de que con Omi (aunque haya tenido una hija pequeña) no tiene una buena relación, además de que la encontró mientras sostenía un trío sexual con la mujer de la que sigue enamorado, Electra (Aomi Muyock), quien ahora no es más que una serie de recuerdos que constituirán el cuerpo principal de la trama de esta cinta. Apreciamos en tiempo real (aunque ya sucedió antes, por lo menos hace 2 años) que con Electra terminó porque después de todo el amor acaba, aunque quizás ahí es donde realmente el amor comienza, en el recuerdo; en este caso, dentro de la mente de Murphy. Lo que nos lleva a preguntarnos, ¿qué es el amor?, o por lo menos, ¿qué es lo que sucede entre los dos integrantes de una pareja que se adora con locura, cuándo se dicen estar enamorados?

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En una estructura de flashbacks que no necesariamente lleva un orden cronológico se va construyendo la mirada nostálgica a la mujer ideal, que hemos perdido por cualquier estupidez, sin darnos cuenta de que por una u otra razón, de la manera en que nuestra mente lo pudiera justificar, la hubiéramos perdido de todos modos. Miradas infinitas por el tragaluz a los denominados “tiempos dorados”; reflexiones catapultadas tras la preocupación que la llamada de la exsuegra provoca en Murphy, la madre desesperada buscando a su hija, y el chico-busca chica desde la grabación telefónica en su teléfono celular inteligente hacia el interior de su ser por medio de sus recuerdos. Muchas veces esos recuerdos van y vienen gracias a una propuesta sonora en términos fílmicos que, de forma atmosférica, nos adentra en lo que acaba siendo una sensación que en realidad es una representación. Por ejemplo, durante varias secuencias viajamos por medio del sonido de las gotas que caen pero no vemos esa lluvia, la sentimos y pensamos que es de la escena que sigue, y así encadenados los ambientes sonoros nos llevan a un único presente, la película-representación. Eso es lo que es constante, el presente, pero Murphy es un comentario irónico, no hay que tomarlo muy en serio; como personaje de cinta de Godard (La chinoise, Dos o tres cosas que sé de ella), es más un comentario que otra cosa. Es la ironía lo que nos ayuda a desapegarnos del objeto estudiado y, lejos del drama, cuestionarnos nuestra realidad. Electra y Murphy se encontraron en un parque, él empezaba sus estudios universitarios de cine y en varias reuniones proclamaba su palabra, querer hacer cine edificado sobre lágrimas, sangre y semen.

La cinefotografía de Benoît Debie es en gran parte responsable de la fuerza que tiene esta cinta, antes ya estaba claro que su talento había elevado películas simples a sofisticadas obras para la posteridad (Spring Breakers, Calvaire, Inocencia). En la imagen de Amor parece que todo tiene un halo espiritual, al mismo tiempo que los colores suaves, combinando armónicamente no concuerdan con el dolor de los personajes en tiempo presente, y el pasado glorioso está lleno de grotescos rojos. Las tonalidades, acentuadas en el 3D de la proyección, obedecen mucho más a la vida misma, son acogedores los ambientes, suaves pasteles que tranquilizan en presente, lo alterado es la mente del personaje que resulta en la mirada relajada de un espectador sin pretensiones cómico,  y no la realidad que es bella. La oscuridad del pasado es siempre nostalgia para un adicto.

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Amor es un viaje nostálgico a un pasado construido, que resuena en tracks musicales que suenan conocidos, que van de Pink Floyd a Satie arreglados de forma particular como memoria selectiva conservando únicamente la melodía, conectados con un pretérito mítico en la memoria del espectador; cuidadosamente arreglados en un orden que hace que las escenas tengan una carga emocional que no les pertenece, y contraste con el salvaje tecno que irrumpe cuando es necesario de forma melodramática; recordemos que se trata de una cinta de Gaspar Noé que no deja de serlo. No es de extrañar que la cinta al final del día nos diga que el amor no existe, en su lugar hay desesperanza, confusión, porque lo que hubo es la nostalgia de un frenesí; tan lejos estos tiempos de un amor real, parece decir, todo es en un alucinado 3D, sensaciones placenteras amargas pero no amor.

Todo es mercadotecnia en este mundo contemporáneo, y es increíble cómo el sistema puede ser burlado en su naturaleza de máquina, cuando una película en realidad pornográfica, que parece drama de pareja, puede llegar como si nada a las salas de cine comercial. La sexualidad explícita en Amor constituye un leitmotiv, son escenas entreactos o hasta los mismos actos, y entonces las escenas dialogadas los entreactos, la preocupación por integrar lo desintegrada que es la actividad sexual en la vida cotidiana, separando el consciente del inconsciente del individuo. En realidad vamos al psicoanalista, los que vamos, o vamos por la vida con trastornos mentales, por no poder integrar nuestras realidades, no por una maldad inminente; ¿será? ¿Qué tanto tendrá que ver nuestra sexualidad en esta operación? Amor, con algo de reminiscencias de 9 canciones (Winterbottom, 2004), donde la sexualidad tomaba un primer plano en la creación de un casi ausente guión para la producción, con tomas que parecían pertenecer a un documental rodado en salvaje cámara en mano; acá la sexualidad es atrapada en sofisticados encuadres fijos e iluminados con toda la elegancia que coloca la cinta en otro rubro de las proyecciones mentales, que tendrían más que ver con una creación individual. Me parece que es un discurso formal que continúa de su anterior película Entra al vacío (Gaspar Noé, 2009), que intenta articular el primer Bardo de conciencia después de la muerte según los tibetanos, en un discurso estético comandado por el top shot en movimientos de cámara ingravitorios, alma del ser sobre el mundo material. En Amor es más bien el sexo como espectáculo extraño, actividad alienada que es un túnel a la eternidad, o cuna de la obsesión. Parece que el sexo es lo único que saca de su necia mente a Murphy, que le permite dejar de pensar estupideces, es el acto que le permite rebasar su mente de primate.

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En entrevistas Noé ha recalcado su punto de avista extremadamente favorable hacia la película La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013), diciendo comentarios como que ha sido la única cinta que en recientes fechas lo ha hecho llorar; fuera de cualquier broma, se puede ver con Amor que su interés es legítimo, de alguna manera sigue los mismos intereses que Kechiche, aunque a diferencia de este último, la creación de esta realidad no es directa, no se erige como obra maestra hiperrealista como lo es La vida de Adèle, por ser cercana a un capítulo de la vida de alguien, sino que construye las sensaciones indirectamente, sin intereses realistas, sin que los actores se pierdan en las escenas carnales. En Amor no se interpretan sino que interpretan la sensación, el sentimiento, se entregan al ejercicio cinematográfico, a la actividad, no al drama creado como realidad construida. En estos términos podríamos decir que la cinta autoral de Noé calificaría como pornografía, aunque cuente con una fotografía de alguien que hizo lucir hasta a Ryan Gosling en su opera prima (la interesante Río perdido, o el terreno poseído por el fantasma de Dennis Hopper), cuando la cinta de Kechiche más bien pertenece a las bellas artes, a la academia, por tratar de explicarlo mejor, aunque no sea una pieza autoral, y esto no tiene que ver con lo explícito de las escenas sexuales.   

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¿Pudiera pecar de cursi Gaspar Noé, con gestos como nombrar Gaspar al hijo del protagonista?, ¿con la escena en el parque, cuando el chico sigue tirándole a la chica la onda tras saber que ella tiene novio, como si fuese una toma de esas largas que hacía en 1995 Richard Linklater en Antes del amanecer?, ¿con esa cámara flotando atrás de la desesperación del personaje, intentando alcanzarlo, mientras que al mismo tiempo la pista sonora cargada a más no poder de voz en off llorona se queja incansablemente? Me parece que no, porque todo es ese sinsentido de haber tenido suerte de posadolescente, de querer encarnar en película, de no tener miedo al confesar los pecados cometidos en la juventud; no es cursi porque simplemente es consciente de serlo y sin importarle continúa para querer comunicar algo más, cínicamente es un acto desesperado.

La fotografía de Benoît Debie transforma todo en cine, una realidad más allá de los sueños, son los sueños compartidos y la generosidad por primera vez de un Noé maduro que no quiere impresionar a la audiencia con fuegos artificiales, como siempre, antecediendo al relato. Quiere que reflexionemos ante la estupidez de llamar “amor” a impulsos casi animales de sobrevivencia, al amor que nunca se ha vivido pero se puede llegar a vivir, trascendiendo al cine mismo sobre la pantalla. El 3D, textura de la realidad cinematográfica nos invita a trascender lo que pensamos de lo que vivimos por lo que sentimos al vivir. Murphy añoraría al niño que no abortó si lo hubiera hecho, o extrañaría a la chica rubia por quien el día de hoy no siente nada cuando no viviera a su lado. Murphy extraña, ensimismado por su comportamiento adictivo, las subidas y bajadas de la relación de codependencia con Electra, sin saber lo que es vivir la intensidad lejos de embotarse los sentidos con drogas, sin entregarse a la necesidad de la dependencia. Murphy esta a punto de poder vivir fuera de su burbuja por medio del amor a su pequeña hija; ese es el amor: amor a lo que se tiene, no a lo que no se tiene.

 

Twitter del autor: @psicanzuelo