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Responder en la noche correos electrónicos del trabajo no te hace mejor empleado, sino justo lo opuesto

Salud

Por: pijamasurf - 05/29/2014

Un par de investigaciones recientes revelan que utilizar tu teléfono, tu computadora o algún otro dispositivo para responder un correo electrónico laboral en la noche afecta tus ciclos de sueño y descanso y, paradójicamente, afecta tu concentración y entusiasmo del siguiente día, entre otras consecuencias más serias

working-lateHace poco más de un mes dimos a conocer la promulgación de una ley en Francia que permite a los trabajadores ignorar los correos electrónicos de sus jefes después de las 6 de la tarde. Como sabemos, algunos de los trabajos de nuestra época han aprovechado la conectividad permanente de internet y dispositivos como los smartphones para extender la jornada laboral a mucho, mucho más que las supuestas ocho horas reglamentarias, evidentemente en detrimento del tiempo del trabajador.

Ahora, Sydney Brownstone ha reseñado en el sitio Co.Exist un par de estudios realizados en universidades estadounidenses a propósito de un ejemplo de esta tendencia: el hecho de responder correos electrónicos laborales por las noches. Y si bien, por un momento, podría pensarse que esto es muestra de responsabilidad, paradójicamente tiene efectos nocivos en el rendimiento personal del día siguiente.

Para llegar a esta conclusión, investigadores de las universidades de Florida y Washington examinaron los hábitos, primero, de 82 gerentes de alto nivel de entre 31 y 40 años, inscritos en un programa de MBA (Maestría en Administración de Negocios, por sus siglas en inglés) cuyas clases estaban programadas en la mañana y en las últimas horas de la tarde. Asimismo, en el segundo estudio, los mismos investigadores analizaron datos provenientes de 161 personas empleadas en diversas industrias.

En ambos casos, las investigaciones evidenciaron que quienes utilizaban su teléfono portátil para responder correos electrónicos relacionados con su trabajo, al día siguiente estaban menos concentrados e incluso menos emocionados respecto de sus responsabilidades, además de que sentían que habían descansado pobremente.

Una de las hipótesis más interesantes de los académicos para explicar este fenómeno involucra el concepto de “agotamiento del ego” (ego depletion), el cual se refiere a una especie de deterioro psicológico de nuestra atención, como si esta fuera un recurso limitado que cada cierto tiempo necesita reabastecerse.

Por otro lado, los investigadores también retoman otros estudios que han señalado los efectos que los dispositivos como las computadoras, los smartphones, las tablet y otros tienen sobre nuestros ciclos de sueños. El sonido y sobre todo la luz que emiten sus pantallas interfieren notablemente sobre la fase REM del sueño (aquella en donde se consigue el descanso efectivo), incluso cuando se les ha utilizado hasta una o dos horas antes de dormir. Asimismo, el hábito de ir a la cama con el dispositivo al lado o en la misma habitación puede generar una sensación psicológica de mantenerse “atado” al trabajo.

Ahora bien, por si esto no fuera suficiente, estas investigaciones apuntan a otra consecuencia que sin duda merecería estudiarse con mayor profundidad: dado que la falta de sueño afecta los niveles de glucosa y los niveles metabólicos del córtex prefrontal, un área del cerebro asociada con el autocontrol, el estudio sugiere que ese descanso deficiente también podría estar relacionado con comportamientos poco éticos en el trabajo.

Así que, después de todo, quizá sea mejor no contestar ese correo electrónico que envió tu jefe a las 8 o 9 de la noche.

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El placer es una parte importante de la salud e inspira una filosofía no tan fácil de desechar

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El placer es de lo único que vale la pena tener una teoría.

Oscar Wilde

 

La búsqueda del placer es, bien entendida y aplicada, la búsqueda del bienestar o de la salud y, así, vital para la existencia humana. Nuestra sociedad está inserta en una moral contradictoria en torno al placer; por una parte se nos seduce con una gran cantidad de alimentos procesados que han sido diseñados para activar nuestro paladar de manera adictiva, y a la vez se nos bombardea mediáticamente con cuerpos hipersexualizados (generalmente, también imágenes procesadas) que nos invitan a un imposible  banquete sensorial que se ve casi siempre frustrado. Esta información, que es una invitación al placer, viene cargada con un sentimiento de culpa: comer una hamburguesa me hará sentir mal después (y casi cualquier comida: el azúcar, el gluten, los lácteos e incluso la carne, los carbohidratos de las frutas o todo lo que no sea orgánico) --ya sea porque verdaderamente la mayoría de la comida está hecha con ingredientes de baja calidad y contaminada con pesticidas o conservadores, o porque me marginará del placer y la privanza sexual que sólo obtienen los cuerpos que se ajustan al paradigma de la belleza. O, en el caso del placer sexual, la culpa milenaria de la religión monoteísta que dividió al cuerpo del alma y colocó el pecado en la carne, contribuyendo --junto con el platonismo-- también a la concepción que la modernidad apenas se está sacudiendo de que el placer del cuerpo es frívolo e inferior a la contemplación ascética o a la refinación intelectual.

Lo cierto es que, por diferentes razones --ligadas a una especie de dogma de lo que es "bueno" y de lo que el "pecado" produce como consecuencia--, muchos de nosotros no podemos gozar de una copa de vino, un pastel, una caricia o una noche de sexo casual sin tener un sentimiento de culpa, el cual cancela en gran medida el efecto de bienestar generado por el placer. 

El placer como filosofía fue formulado de manera más completa primero por Epicuro en la Antigua Grecia. Epicuro y su escuela consideraron que la clave para la realización tenía que ver con la administración inteligente del placer y el dolor, cultivando la ataraxia (la ausencia de turbación o malestar). Esta visión incluía los placeres intelectuales o espirituales sin dividirlos de los placeres corporales. Así, la risa, el sexo, el agape, la filosofía, la amistad y los banquetes eran procurados con la lúcida templanza de saber que el exceso de placer también podía producir dolor. Aristóteles pone el freno: "El objetivo de los sabios no es buscar el placer sino evitar el dolor" y aquí, un loop, porque es imposible evitar el dolor si no encontramos placer en la vida...

Casi 2,500 años después, Freud formuló su idea del "principio de placer" en oposición al "principio de dolor" sugiriendo, a grosso modo, que el ser humano instintivamente busca el placer, y equiparando el placer con Eros (la energía de la vida) y el dolor con  Tánatos (la energía de muerte). Esto quizás debe contextualizarse utilizando el marco jungiano de "la sombra", donde el dolor y el sufrimiento, sin embargo, pueden tener una función (sin ser nunca un fin en sí mismo) ligada a mostrarnos aquello que hemos reprimido y que forma parte de nuestro inconsciente, lo cual, si logramos asimilarlo y liberarlo, es la fuente verdadera del placer más profundo y duradero, el éxtasis del ser individuado (recordemos que Hades y Dionisio eran la misma deidad para los iniciados de Eleusis: hay que atravesar el inframundo para cosechar las uvas extáticas y vivir el furor divino).

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Todo esto para decir que el placer tiene un efecto cuantificable en la salud humana. La medicina moderna ha llamado al estrés "el asesino silencioso", asociando esta excitación de neurotransmisores y hormonas con la producción o al menos la exacerbación de numerosos padecimientos. Una de las formas más lógicas para combatir el estrés es el placer; casi podríamos decir que son opuestos, y como tal, el placer puede ser un antídoto del estrés. En muchos sentidos, las personas que sufren la agudización de una enfermedad o su expresión epigenética son personas que no se entregan al placer. Evidentemente pueden existir algunos obstáculos para entregarse a la ligereza del placer, como puede ser un absorbente dolor físico, pero casi siempre existe la posibilidad de un espacio de recreo para refocilarse y olvidar ese dolor --a través del placer. Es necesario cultivar una disposición al placer, una apertura a sentir aquello que fascina o enamora, que reconecta con el pulso de la vida. Así, el placer es un logro filosófico, como el humor, una muestra de inteligencia --en la enfermedad, casi una catarsis. Y aunque ese placer sea seguido por dolor, en sí mismo, en la riqueza del instante de sentir, se revela que no hay una razón existencial superior --al menos no en este mundo-- y que, de cualquier forma, aferrarse al placer como al dolor es absurdo cuando la naturaleza del mundo es procesal: el cambio, el río que fluye siempre por picos y valles.

Para aquellos que buscan el aval científico, un estudio realizado por  la organización británica ARISE mostró que 41% de los británicos no disfrutan de los placeres cotidianos debido a una sensación de culpa. Según este estudio, el estrés asociado con la culpa detona hormonas como la noradrenalina o el cortisol, las cuales de manera crónica dañan el sistema inmune y pueden provocar depresión. El placer, por otro lado, genera otro tipo de hormonas y neurotransmisores como la dopamina o la serotonina y la oxitocina (especialmente, en el caso del sexo) que nos hacen sentir bien y contribuyen al balance de nuestro cuerpo. Otro estudio de la Universidad de Cincinnati mostró resultados similares que vinculan al placer con la reducción del estrés.

Algunos buscan el poder, pero mejor ser de aquellos que buscan el placer --y sí, el placer es un acto político, porque tu placer es mi placer, al menos cuando tenemos los poros abiertos y nuestras neuronas son un espejo en sintonía y se multiplica el placer en una avalancha de cosquilluda confitería colectiva, infinitos campos de posibilidad de placer en la conciencia de ser.

 

¿Para qué toda esta hueca palabrería?

Sólo dos mundos valen la devoción de un hombre:

la juventud de una mujer de pechos generosos,

inflamada por el vino del ardiente deseo,

o la selva del anacoreta.

-Bhartrihari

Twitter del autor: @alepholo